miércoles, 18 de enero de 2012

Concurso de tablas

Nos unía el entusiasmo, la ansiedad, la igualdad. Por mucho que ya nos conociéramos y la especulación no tardara en demostrar las lógicas razones de su existencia, hasta que no diera oficial inicio la primera de la ronda con su respuesta a la pregunta ¿4 x 7?, todas éramos potenciales ganadoras del concurso de tablas de multiplicar.
Nos unían los nervios, la ambición. Nos unía ser protagonistas ante la escuela entera que observaba la tensión minuto a minuto, cada respuesta correcta, cada golpe de suerte, cada suspiro corto de quien una vez más salvaba la cabeza.
Los minutos completaban las horas que se hacían eternas y sin embargo no era tiempo lo que transcurría. Eran latidos de corazones, eran gotas en las frentes, en las sienes, congeladas por el frío de la exactitud.
El dedo índice del perverso verdugo y la sentencia: ¿8 x 9? ¿5 x 3? ¿6 x 7? Disparos certeros que daban en el centro mismo de los corazones agitados. Y fuimos cada vez menos.
Manos sudorosas, ojos irritados, ojos húmedos, palabras al aire sin sentido al dios del sinsentido, al dios del último instante. Al dios que nos ahorca y que nos deja vivos.
Nos unía haber sido elegidas para enfrentar el yugo de la inmisericordia disfrazada con hábito de monja y voz de trueno metálico. ¿6 x 8?, una menos ¿8 x 8?, otra ¿9 x 5?, sigue.
Nos unía la misma palidez, el mismo deseo de evadirnos, la misma angustia de quien era fusilada con apenas un dedo y un 9 x 7, casi al final, desarmada en llanto incontenible, presa de la frustración, víctima del sadismo y la más fina crueldad.
Nos unía un aire de juego, al fin de cuentas, nada más que un juego en el cual las reglas se confundían con la vida misma y en el que todas éramos una.