domingo, 3 de julio de 2011

El charco

El camino largo de las hormigas se perdía a la vuelta de la esquina y seguía, hasta el océano que formaba la lluvia en el pozo que dejara la raíz de algún árbol. Mi pie desató de ese charco un aluvión que arrasó con el hormiguero y las infelices criaturas fueron destruidas. Las aguas regresaron en cataratas a rellenar el océano vacío abandonando las ruinas de un perfecto laberinto sepultado.
Podía hacerlo cuantas veces quisiera, descargar el charco con mi pie apocalíptico sobre las criaturas indefensas solo para sentirme poderosa y poseer un momento la fuerza que acaba con todo de un pisotón.
Limpié la bota en el felpudo encadenado delante de la puerta del bar y me senté a una mesa pequeña; cada vez más. Mi cuerpo agigantado se elevó sobre los hombrecitos dejándolos ahí abajo, mientras mis ojos seguían alejándose hacia arriba. Las casas se achicaron hasta esfumarse. Desaparecían en un punto lejano la ciudad, los campos, los mares que rodean los continentes. El planeta quedó diminuto dentro de la galaxia que me pertenecía. Ya no fui humana y fui el Espacio mismo, gigante, absoluta, absorbiendo el Universo en mi nada sin forma que ya lo era todo y parecía no existir. Comencé a disolverme. Cada parte de mí se dividió en partículas y estas en otras más pequeñas, así hasta desaparecer. Mis venas y arterias transparentes acabaron estallando en un instante sordo que apenas transcurrió, dejando vacío donde ya no había nada. Una ráfaga vertiginosa me atrajo en sentido contrario y empecé a caer, dibujando rayos moleculares hacia un centro imantado. Regresaba, hasta ser del Espacio y recuperar mi figura humana. Los mares y continentes eran, desde más cerca, torrentes de sangre y carne dentro de un planeta en forma de cráneo.
Todavía tenía la bota mojada de aluvión. Me acordé de las pobres hormigas que debían estar construyendo un nuevo lugar donde vivir, sin siquiera imaginar que un pie volverá a pisar el charco, solo para olvidar que es apenas un hombre dentro del cráneo de otro hombre dentro de otro cráneo de otro hombre dentro de otro, y pedí un café.

martes, 21 de junio de 2011

El placer de andar en carretilla

Alguien deberá empujar, llevar, divertirse igual al que va dentro de la carretilla. Y éste, ahí, nomás, feliz, pobrecito, feliz.

lunes, 20 de junio de 2011

Caracoles y piedritas

La gente que pasea por la playa es llamada por un fuerte instinto a recolectar hermosos y brillantes caracoles y piedritas.
Pasado el tiempo o apenas la distancia que los separa de la mística experiencia, se dan cuenta de que esas maravillas traídas de la orilla del mar ahora no brillan como antes.

Huéspedes nuevos

Ha de ser la hora de la comida. La casa junto al mar tiene huéspedes nuevos y los gatos flacos de la villa han sido agasajados con un manjar: sobras de pescado con manchas de puré.
Luego de una larga siesta con las panzas llenas como hacía tiempo no se tomaban, los gatos flacos y ariscos de la villa se acercan con menos desconfianza, pero con cautela: ha corrido el rumor de que en la casa hay niños.


El rey de los gatos

El rey de los gatos en este rincón del paraíso a orillas del mar es el único que se deja acariciar por las personas. También es el que tiene el pelo más brillante.

Un gato amarillo

Un gato amarillo, el único gato de la villa que permite que mi mano lo acaricie –los demás se acercan sólo a comer- me visita cada día durante unos pocos minutos. Me dedica en exclusiva sus ronroneos, pasa su lomo por mi mano una o dos veces, da unas lentas volteretas de panza al sol y después se va, sigilosamente, así como llegó.
Él es el encargado de ordenar los espíritus.